El Salvador: ideologías en contraposición y la paz social. 8/3/2018


Los últimos eventos electorales para alcaldes y diputados en El Salvador, exponen una enorme división en el conglomerado social; además de la frustración, ante un proyecto que anunció con bombo y platillo ser la panacea hace ya casi nueve años, pero que hoy no sabe cómo dirigir el rumbo del país. Una economía precarizada, y una política de seguridad social fracasada, además del impacto negativo que a nivel internacional ha tenido el alineamiento de la política nacional, que secunda el socialismo del siglo XXI en Venezuela, y que abiertamente aplaude el modelo de gestión cubana.

El triunfo de la derecha en este escenario, previo a las presidenciales del 2019, crea en unos incertidumbre, y en otros – la gran mayoría-, esperanza. Pero principalmente la duda si a estas alturas, la democracia aún posee al menos, la condición abstracta de funcionalidad.

Pero ante lo anterior señalado, cuidémonos de intentar describir los fenómenos sociales y sus actores -cuya naturaleza intrínseca es multidimensional-, simplificando de manera temeraria, los éxitos o fracasos de una región espacio-temporal definida, en función de una tradición filosófico-política radical y dogmática, sea esta el marxismo leninismo o el capitalismo. Porque estas sólo son abstracciones sedimentadas de una época, clasificadoras y auto excluyentes por naturaleza; falibles, y sujetas al acierto-error del método científico.

La primera hablará de ricos y pobres, en lucha de clases eterna, pero con un destino concreto: el gobierno del proletariado. La segunda no mejor que aquella, buscará en la acumulación del capital material -en contraposición a la dignificación del capital humano- su objetivo primordial. O en el peor de los casos, y siguiendo al dogmatismo marxista, de la connivencia entre opresores y oprimidos para que la oligarquía se perpetúe en el poder…remembranza del tan manoseado concepto de alienación, cuya línea histórico- filosófica la podemos trazar hasta Ludwig Feuerbach desde mediados del siglo XIX, y del cual se nutrió K. Marx. En resumen, ambas dentro de una visión hegeliana de la realidad histórica, contrapuestas entre sí. Y en espera de una síntesis, donde exista solo una de las dos, pero jamás en coexistencia.

Lo que muchas veces se olvida, es que ambas visiones son complementarias -para el que tiene un intelecto honrado-, pero para el pícaro, siempre serán irreconciliables, pues sólo buscará en una u otra,  la bandera de turno para hacer trinchera, y así esperar por un “buen hueso”.
Las profesiones liberales al prostituirse en esta dinámica confrontativa de construcción social , se convierten ipso facto en traidores, porque por  su entrenamiento y vocación, están obligados  a ser los primeros críticos, y agentes de cambio en su respectiva sociedad.

Esta grave falencia la padece A.L., donde la casi incurable enfermedad del protagonismo oportunista, disfrazado de virtuosidad, es ya crónica.  No se trata únicamente de “ricos y pobres”, o de “opresores y oprimidos” …esto es sólo una interpretación sesgada de un mal aún más profundo, el cual podríamos esbozar como: “la falta de identidad y aceptación entre los actores sociales”. Enorme pecado histórico, que también ha pesado en la balanza de casi todas las guerras o levantamientos populares, desde México hasta la Patagonia.

La consolidación del Estado-nación aún es un proyecto embrionario en nuestra patria, y así de manera similar en el resto de L.A.; por eso, aunque con variantes, los problemas y soluciones son extrapolables.

La matanza del año 1932 principalmente en la zona Occidental de El Salvador, por ejemplo, no fue sólo por razones económicas, había a la base también un clamor de reivindicación popular más allá de “las tortillas y frijoles”. Situación histórica que rescata el concepto de alteridad, y de igualdad en la diversidad, pero no de una igualdad matemático-jurídico positivista, sino aquella que se asienta en una cosmovisión Cristo-céntrica.

La guerra de los 80 y sus consecuencias hasta el presente, no fue sólo porque habían “ricos y pobres”, o por un modelo de religiosidad que no rescató a tiempo “al pobre como centro en la intra-historia de la salvación “…esta es una afirmación simplista y peligrosa. De aquí proceden el repunte jesuita con su “Teología de la liberación” desde finales del Concilio Vaticano II, favoreciendo la amalgama simbiótica entre ideología marxista leninista y religión: verdadera plataforma para el “reclutamiento de masas”, en conjunción con el apoyo y logística de Rusia y Cuba. Todo un ejército violento que con rapidez entró en colisión con los gobiernos de turno. ¿Pero por qué se peleó aquella guerra? …la respuesta nos la da la historia reactualizada, veamos en el derredor nacional y regional. ¿Qué vemos en aquellos países que se embarcaron en esta dirección, y desde principios del siglo XX ?

El verdadero cristianismo no hace acepción de persona por condición económica, política o religiosa; se vuelca hacia las ovejas descarriadas y menesterosas, sean pobres o ricas. Y esto no solo en sentido material, sino fundamentalmente espiritual.  Pero jamás distanciándose del ser humano individual, en su vertiente histórico-concreta; que siempre estará en perpetua evolución y perfeccionamiento. Cualquier desviación de esta doctrina, es una perversión del mensaje bíblico original.

Definamos primero los conceptos,  para no caer en el bochincherismo populachero.
Mejor VOLVAMOS a la raíz de lo humano – un humanismo olvidado y desacreditado por el positivismo-cientificista-, que aunque esté instrumentalizado por un dogmatismo ideológico-político, decadente y anacrónico; no deja de ser una “raíz profunda”, que no se agota en la simple interpretación que da el marxismo sobre  “ricos y pobres” , o del capitalismo, como  imperial, voraz y sin alma .
Mejor hagámonos con sinceridad la “trascendental pregunta”: ¿por qué no hemos aprendido a querernos y respetarnos, sin acepción de persona, sin aristocratismos económicos o pigmentocráticos? ¿Por qué hemos instrumentalizado lo sagrado en aras de intereses ideológicos egoístas? ¿Lo anterior nos hace mejores, o nos divide aún más?

Y después de responder a lo anterior con honestidad, volvamos con espíritu renovado al quehacer político, y veámoslo como lo que debería ser: “un instrumento perfectible, dinámico y sincrético. Del cual deberíamos de aprender a obtener esa armonía para restaurar la paz social”.

 

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