​”El Salvador . ¿Quiénes son los pobres de este mundo ?”


Es fundamental predicar en el nombre de Dios, y más aún en países empobrecidos como El Salvador.  Los escritos bíblicos son claros en volcarse a favor de los desposeídos, pero no se refieren a estos de manera exclusiva, y solo en relación a sus   bienes materiales.  Porque reduciríamos el arribo de Jesús el Hijo de Dios  en la historia humana,  al simple hecho de una redención material.
Aunque importantes, los bienes de este mundo, solo son un complemento de una dimensión más profunda, a cuya base debería rescatarse el verdadero fundamento, y   que la Biblia reitera desde el Génesis hasta el Apocalipsis, resumidos  en la Historia de la salvación. La cual busca rescatar al ser humano integral, sin reducirlo a una  sombra…muy lejana a la imagen y semejanza de la divinidad con la que fuimos creados. (Gen. 1,27)

Querer enfrentar las estructuras del mal desde una perspectiva exclusivamente centrada en la redención material, podría ser considerada una apostasía. Sin embargo uno de los más grandes pecados de la historia humana contemporánea,  recae  sin duda alguna en el nivel de injusticia social, y que en última instancia no pertenecen solamente al orden político o económico – aunque se disfrazan de ellos -, sino más bien al olvido del legado cristiano, y a su sustitución por una cosmovisión lastrada de un humanismo redentorista, construido de espaldas a Dios.

Estamos asistiendo a una especie de pensamiento hegemónico,  el cual ha marcado de manera negativa la visión originaria del evangelio cristiano, porque pobre no es solamente aquel que carece de bienes materiales, sino principalmente espirituales. Por una razón elemental: “las estructuras políticas, económicas y sociales no preceden al ser humano, él las crea, reproduce y transmite a lo largo de la historia”. ¡No nos casemos con ninguna  ideología…con ninguna!  Eso sí, luchemos por integrar los datos de la realidad humana dentro de una visión unificadora, sin dejar cabos sueltos. Pero siendo fieles a esa  vocación profunda, de quien  aspira a mirar a Dios en el misterio de su propia inteligencia.

No inspiremos por odio o resentimiento a cegar la vida de nadie, ni en su cuerpo ni en su espíritu; dirijamos a la humanidad por los caminos de la paz, y no sembremos ira. Y cuidémonos de esa disfrazada y muy ensayada mansedumbre, porque su cosecha nos alcanzará a TODOS hasta el final de los tiempos.

Atrevámonos a cuestionar el statu quo,  que nos hace juzgar y condenar  casi de manera automática las causales del subdesarrollo. Realidad grave,  que en sus orígenes y alcances, nos involucra a todos. Políticos, religiosos, ricos, pobres, intelectuales e ignorantes; y si al final queremos ser muy justos, hasta los muertos tienen su parte en este juicio. De la sabiduría producto de este acercamiento, podría emanar algo parecido al sueño milenario de construir un mejor destino para todos.

 

 

 

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