Las raíces de la injusticia.


El casi quijotesco afán por combatir la injusticia en el mundo, ha impulsado incontables iniciativas, las cuales se encuentran esparcidas como chispazos; fuegos fatuos la mayoría, y otros, los escasos, ejemplos de una santidad extraña, a la vez arrastran por su luz, pero que producen un profundo temor por el sacrificio que involucra. Y todo esto acaece, dentro de esta larga y profunda noche, que se ha convenido en llamar historia humana. Entidad abstracta y casi ajena , aceptada en desconfianza a través de una fe aprendida, después de hurgar con el apetito del rabiosos roedor , aquellos viejos y polvorientos escritos, que el tiempo y la duda , devoran a pasos de gigante.
En colisión casi perpetua, donde se reivindica el presente, frente a un pasado; testigo mudo, de nuestro breve pero irrepetible paso por el mundo. Pero esto es hecho consumado, porque somos náufragos en este hermoso océano existencial, y es preciso apostarle a ese casi inalcanzable ideal, donde la justicia no solamente nos permita comer del pan que un día será historia muerta, sino principalmente de aquel PAN que también sacie ese apetito de eternidad, que traspasa todo lo creado.
El origen del ser puede ser rastreable en el presente, en el lugar preciso donde el tiempo se despoja de esa materialidad engañosa, hija del cientificismo errado que erigió el dios moderno. El mismo que se nutre de la violencia e injusticia, que marcaron cuanto existe.
De aquí, la injusticia posee raíces que exceden cualitativamente cualquier reduccionismo economicista o religioso; y el recuperarlas se vuelve urgente, con el fin de replantear esa crisis siempre actual, y que está anclada en cada uno nosotros.
La sabiduría como el arte de una vida feliz, no tiene una fecha en la conciencia, porque ella es aspiración y destino originario, que impregna esa singular grandeza humana, en el recordatorio perpetuo de su finitud. La maldad es el camino errado, una trascendental y desgraciada elección por el sufrimiento. Como sembrar entre cardos , la irrepetible semilla de la vida.
La injusticia es la maldad institucionalizada, no en la burocracia de los pueblos, sino en esa dimensión íntima que transforma lo humano en monstruoso.
Bondad y maldad, heroísmo y cobardía, han saturado la vida desde el inicio de la historia. Su coexistencia aunque angustiosa, ha dinamizado en apertura casi infinita, la comprensión de lo humano como un legado universal.
De aquí, la injusticia posee raíces que exceden cualitativamente cualquier reduccionismo economicista; y el recuperarlas se vuelve urgente, con el fin de replantear esa crisis siempre actual, y que está anclada en cada uno nosotros.
Pero esto más que preocuparnos, debería de animar a todo aquel que aun considera que dentro de un verdadero espíritu de rebelión, existen las vetas encarnadas de aquella Santidad perfecta, del que también fue hombre, y cuyo ejemplo resplandecerá para siempre, como el faro que podría rescartamos AHORA , dentro de un modelo de razón , que excede todo lo pensado .

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