La modernidad : el arte de pensar en libertad. Parte 3.


Seguramente aquella visión cíclica de la historia, que los antiguos griegos rescataron de observar el mundo natural, tenga que ver con la pregunta por el origen y destino de lo humano. El clásico afán helénico por la especulación, obedeció entre otros motivos, a la insatisfacción generacional, frente a una realidad aparentemente repetitiva, aunque plena del misterio que siempre ha buscado expresión en la religión, arte, ciencia y filosofía.
Especie de salto evolutivo de carácter trascendental, el cual apuesta por recatar el summum de lo humano; en armonía con el cosmos, y lejos del idolátrico fanatismo que paradójicamente crece a medida se incrementa el saber científico técnico. Probablemente porque al pretender acercarnos a la Luz, nos alejamos cada vez más de ella, conformándonos únicamente con un pálido y desfigurado reflejo. Por esto, los griegos antiguos al enfrentarse a la angustia de tener que volver a vivir lo mismo, casi de manera interminable, no ocultaron su culto al dios Baco, con el espíritu del vino. Ahí probablemente buscaron refugio, para escapar al hastío de ver nacer y morir las estaciones, casi de manera infinita. Aristocrática manera de vivir, dentro de un modelo de razón, donde el miedo a la muerte no se conoció más que en aquellos destinados al deshonor; y donde el culto a la sabiduría impulsó una forma de santidad, con la cual no solo se supo vivir, sino también morir.

Por lo anterior, no extraña la alianza del incipiente cristianismo con el aristotelismo, platonismo, socratismo… porque en ellos encontraron la semilla de “ese algo” el Logos, que nos alcanza hasta nuestros días, y que se entremezcla hasta en la última hebra de la reflexión post moderna.

Esta fue una de las coyunturas más importantes, del por qué la cristiandad logró agenciarse un lugar preeminente en la cosmovisión antigua; pues al nutrirse del aparato conceptual de esta cultura regia, ya plasmada en el mundo greco romano, redimensionó la manera de entender la historia. Así, del callejón sin salida generado por la circularidad, se pasó a una historia abierta y de carácter lineal. Aquel destino individual de talante mecánico y frio, impuesto por el motor inmóvil; fue sustituido, por la “posibilidad creadora”, surgida de la intransferible libertad de elegir, más allá de coordenadas espacio temporales, para integrar todos los planos de una realidad, que en esencia es irreductible a los sentidos.
Zona intensamente opaca, y de excesiva transición, donde nacen a diario héroes y villanos, santos y viciosos. Hebras necesarias dentro de un mundo misterioso, cuya explicación última es disputada desde lo profano y sagrado…elementos indisolublemente ligados a la existencia, pero que rescatan el misterio de la libertad. Don, que nos integra de manera activa, en el drama dentro del que construimos la misma vida. Entendida esta última, no solo como un reflejo biológico sublimado, de la existencia de átomos y moléculas organizados por el caos.

Sin embargo, la esperanza y consuelo otorgados por el cristianismo, sobre la promesa de una justicia perfecta al final de los tiempos, comenzó a fragmentarse, a pesar de haber logrado imponerse por muchos siglos en el mundo occidental. Seguramente, porque al haber pospuesto de manera sistemática, la doctrina que esa ansiada justicia divina, llegaría hasta el final de la historia, generó la indolencia en muchos, y el aprovechamiento de pocos. Quienes con gran éxito, lograron acaparar el poder político, económico, social y religioso; ciertamente, el primer grupo fue el de los oprimidos, y el segundo de los opresores. Aquella libertad que había inaugurado el naciente cristianismo, sin lugar a dudas había sido mal entendida. Dando paso a una especie de maldad, mezcla de ignorancia y oscuridad, que sirvió de amalgama con la que se impulsó un modelo de razón, que dio espaldas a la trascendencia.

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