“La voluntad: síntesis del saber y el poder”.


La fuerza que la ideología ha adquirido en la época actual, sólo rivaliza con la encontrada en las religiones históricas; y en este sentido, no es de poca monta hacer un alto, para analizar todo aquello que está conformando nuestra manera de enfrentarnos con nosotros mismos, y el mundo circundante.
Pareciera que hemos llegado a aceptar casi de manera acrítica, muchos hechos relacionados con nuestro diario vivir, y esto nos ha conducido a reforzar estructuras políticas, económicas, sociales y religiosas. Las consecuencias de esta adhesión, nos han convertido en testigos de una época, ciertamente llena de muchas novedades materiales, pero a la vez vacía, porque dentro de ella se percibe un creciente temor y desconfianza, hacia todo y a todos. Lo anterior también podría entenderse, porque este transnacional escenario vital, funciona como una maquinaria social, la cual pare sus propios monstruos, como entidades concretas, que se alimentan de las energías más puras del ser humano; para ser reconvertidas en la construcción de una espiritualidad decadente, y fusionada de forma peligrosamente suicida, con el mundo material: ídolo moderno, al cual hay que sacrificarle todo.
Así, en este pedazo de historia donde cada uno “vive”, buscamos de maneras diversas, el sentido de la felicidad; y para ello nos hemos valido de una tradición que hemos llegado a aceptar, casi como verdad incuestionable. Sin embargo, muchos de los valores que hasta hoy han regido nuestras vidas, parecieran haberse fracturado, para dejarnos en una orfandad, que desgraciadamente está pronta a ser resuelta, por lo antivalores de una cultura materialista.
Uno de cuyos frutos más amargos, es la abismal asimetría material y espiritual, que el mundo de la injusticia ha engendrado como parte de la modernidad; y para justificarlo, ha conducido a la difusión de modelos ideológicos perversos, que promueven el consumo irracional, la relativización del ser humano y su cosificación. Pero quizás el daño más grave, es aquel que ha llevado al debilitamiento de la voluntad, como el don más preciado, síntesis del saber y el poder; resumen místico de lo más puro que el ser humano posee, como realidad histórica, única e irrepetible. Porque sólo desde la voluntad, será posible enfrentarse, “frio o caliente, más no tibio…” (Ap. 3:15-16), a cualquier fuerza que amenace nuestra verdadera vocación en este mundo: ser felices.

El ataque a la voluntad, se ve reflejado en la paradigmática evolución del pensamiento occidental, desde el cual se ha impulsado un especial desprecio, hacia el inestimable valor sagrado contenido en la dignidad humana. Lo cual no ocurre por azar, sino que ha sido el resultado generacional de un trabajo de demolición, dirigido hacia aquellas vetas de rebeldía creadora, que podrían rescatarnos para el presente y futuro. Porque el menoscabo crónico, de los insumos indispensables para una vida equilibrada, han facilitado la anemización de cuerpos y espíritus, cuya síntesis está plasmada en el surgimiento de una sub-humanidad, que ha perdido el coraje en sus guerras de liberación.
Las nuevas generaciones viven presas, del venenoso encanto que suministran con más violencia, los nuevos manipuladores de la conciencia; quienes utilizan los más sofisticados avances tecnológicos, para construir paraísos de evasión. Mientras avanzan, casi sin darse cuenta, hacia verdaderos infiernos, donde les espera una esclavitud material y espiritual. Esta circularidad perversa, llevará tristemente a estas nuevas legiones juveniles, a tomar de nuevo, como herencia maldita, las mismas cadenas dejadas por sus progenitores.
La posibilidad de una vocación, como el llamado profundo para vincularnos con el mundo de manera creadora, se ha sustituido por la artificial búsqueda de aquellas parcelas del saber, casi exclusivamente consagradas al refuerzo de las bases que sustentan una ideología, que se olvidó del ser humano. Para quebrar su voluntad, porque en ella está contenida la esperanza de un mundo mejor.
Los filósofos alemanes de siglo XIX, enfatizaron la importancia de la voluntad como facultad suprema, incluso más que la inteligencia. Porque desde esta última sólo se podrían obtener las claves, pero no la determinación para ejecutarlas. Por eso no extraña, que el conocimiento y la razón de la cual nos jactamos a menudo, no sean suficientes para resolver muchos de los problemas, que empantanan la vida individual y social. De aquí, la voluntad como síntesis del saber y el poder, deberá ser rescatada como el instrumento eficaz, para obtener la dignificación de las presentes y futuras generaciones.

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