“El develamiento del «ser»: esperanza del mundo moderno”.


Cuando Martin Heidegger escribió en el año de 1927 su obra cumbre «Ser y Tiempo», nos dejó unas claves fundamentales en el campo de la reflexión. Así, y desde aquella perspectiva muy personal, acercarnos al “ser”, podría interpretarse como aquel proceso, mediante el cual vamos tomando conciencia de nuestro entorno, como individuos dotados de una potencialidad diferente a la que encontramos en el reino del mundo material. En tal sentido, cuando tomamos las evidencias inmediatas de nuestra reflexión interna, nos percatamos del individual e intransferible acercamiento a la realidad. Percibida como fenómeno, y traducida por los sentidos; sometida así mismo a un proceso complejo y elaborado, desde el cual adquirimos los insumos necesarios para acercarnos al mundo de manera humana. Este mecanismo, traduce la intencionalidad de un proyecto, que es reconocido en la medida que se manifiesta; y que no es sólo expresión de la simple y llana reacción material ante el mundo circundante, sino el esfuerzo supremo que ejecuta la zona más profunda de lo humano. Que no puede ser confundida con la inmediata y mecánica expresión del genoma, porque esta interpretación no puede contener el súmmum de aquello, que está oculto; y su develamiento, esta lejano a ser reducido a la “verdad transitoria”, que otorga el cientificismo moderno.
En otras palabras, el proceso del cual parte la dinámica de la existencia humana, podría ajustarse a la fuerza que pugna por materializarse en la historia; lugar por excelencia dentro del cual, nos maravillamos al reconocer nuestra fragilidad y finitud, pero sobre todo, el misterio inestimable del poder de la existencia humana. Soberanía que procede de una región indefinida, frontera misteriosa y en gran medida inaccesible a los instrumentos que la tradición positivista ha posicionado con un éxito sospechoso. Hablar del “ser”, parecería una perorata, pero bien podría traducir un camino o una puerta, a través de los cuales poder adentrarnos en esa atmósfera sagrada, que ya han rozado la filosofía, la religión, y quizás la poesía. Que existe en ese ambiente vaporoso y extraño, donde pocos se han atrevido, y que al volver han mostrado una transformación indefinible. Porque para pretender comprender ese nivel , hay que renunciar a muchos ídolos ,y tener el coraje de aprender ese lenguaje universal, con el que se diseñó la creación material, pero especialmente nuestro “ser”, al que está sometido aquella .
La relevancia de este encuentro, no con el mundo externo, sino con el “ser” que todos llevamos como luz; parece servir de fundamento insustituible para todo aquello que la vida social, económica y política, diseñó e instituyó como medios para promocionar y proteger la vida. Tal es el impacto que podría tener esta esencia clarificadora, sobre aquellos que se atrevan a conquistarla y rescatarla, lo cual podría representar la última esperanza para instaurar la paz en el mundo actual. Por esto, la cultura moderna con su positivismo, cientificismo y logicismo, parecieran estar comprometidos, en alejarnos del “ser” que todos llevamos dentro .En este sentido, se favorece el biológicismo, que procura justificar un salvaje darwinismo social radical; modelo calcado del reino animal, donde la piedad no se justifica, ni mucho menos se explica. Serán las garras mejor afiladas , así como los colmillos más largos y fuertes , los que logren marcar el territorio, donde ejercerán las fieras el derecho de la fuerza : poder sobre la vida y muerte. En esto no hay injusticia…es la simple lucha por la supervivencia…así es la vida. Claro son animales… ¿y nosotros?
Para algunos, esta “verdad científica”, les vendrá como anillo al dedo, pero para la mayoría será el veredicto de su muerte. Pero esta visión no es tan sencilla, porque si fuera cierto que el triunfo del más fuerte es ley, entonces no habría excusa para que en un sólo segundo, el mundo entero oprimido ya en rebelión, pudiera romper en mil pedazos, la jaula que el opresor les ha construido.
El problema, es que esa jaula tiene un diseño tal, en el que se fusiona la justificación de un modelo de existencia, que ha castrado el derecho a la legítima defensa, merced al consumo de ideologías alienantes, que imponen el temor, y obligan la reverencia hacia aquellos que oprimen y esclavizan. En esto también tiene especial responsabilidad, el modelo errado de espiritualidad religiosa, que si atreviera a rebelarse contra el orden imperante, como Jesús lo hizo, bien podría servir de espada santa, frente al embate de una estructura cosmovisional que no sólo la envilece, sino que principalmente la utiliza, como dispositivo insustituible en el arte del sometimiento.
Porque la determinación en el rescate de la dignidad humana, sólo puede provenir de la clara conciencia en la existencia del “ser”. El cual habita como realidad sagrada, individual e intransferible en cada uno de nosotros; sin la cual nada tiene sentido, ni siquiera el universo entero.

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