“Los escritos teológicos de Ignacio Ellacuría y el rescate del Jesús histórico como propuesta fundamental.”


Introducción
La obra Escritos Teológicos de Ignacio Ellacurìa constituye una compilación de diferentes artículos los cuales fueron publicados de manera independiente desde 1972. Por tanto, la integración y publicación de los mismo en el año 2000, ha sido de manera póstuma; sin embargo eso no obsta para que el itinerario de reflexión establecido por el autor desde principios de los años setenta, haya podido ser integrado y presentado de forma unitaria.
El propósito del autor es estructurar desde la Teología de la Liberación (TL) un modelo historizado de reflexión teológica, cuyo fin último es insertarse y actuar en una realidad social de pobreza y opresión. En este sentido favorecer una praxis cristiana que asuma como sus fundamentos principales, la opción por los pobres, el Jesús histórico, el Reino de Dios y la Iglesia de los pobres.
La tesis propuesta parte de recuperar el Reino de Dios desde un modelo de reflexión teológica que partiendo de la teología de la liberación, rescatan al Jesús histórico y la opción preferencial por los pobres como el único camino al Padre. Para Ellacuria la verdadera Iglesia de Dios será reconstruida desde el lugar por excelencia: los pobres. Y en este sentido propone hacerlo desde una nueva cristología construida a partir de la vida del Jesús histórico, que también rescata su opción política como una acción que no solo construye el Reino de Dios en el más allá, sino principalmente dentro de la historia.
El itinerario capitular trazado por el autor, parte de lo que señala como “Contenidos de la Teología de la Liberación” (Cfr. ET II 5); y en ellos desarrolla la trascendencia del Jesús histórico y la opción preferencial por los pobres, como requisitos fundamentales que permiten desplegar de manera coherente una acción concreta dentro de la historia como lugar teológico. Posteriormente establece como prioridad la recuperación del Reino de Dios, pero desde una Iglesia y Pueblo de Dios constituida por los pobres y desheredada del mundo. Al final de trabajo presentaré un balance de la obra, haciendo mención de manera sintética, tanto de sus aportes fundamentales como de las limitaciones de su propuesta teológica.
. Trascendencia del Jesús histórico
Recuperar la figura de Jesús como culminación del profetismo veterotestamentario, es clave para entender la historia de la salvación, pero es también pertinente atender la confusión surgida de insistir en interpretaciones neotestamentarias, donde Jesús se disuelve en una exégesis a-histórica, dentro de la cual el papel político de su misión se pierde o tergiversa (ET II13,14) .
La fe es indiscutiblemente una condición necesaria para enfrentarse a la comprensión de los textos bíblicos, pero el logos con el cual esto se ha hecho, tiene un carácter histórico, por tanto la cristología generada en dimensión espacio-temporal específica responderá a las necesidades y posibilidades concretas. De aquí parte la necesidad de actualizar, e integrar las diferentes versiones que sobre la vida de Jesús se han vertido, con el objetivo de recuperar el máximo sentido de su mensaje original, construyendo una cristología , que rescate a un Jesús no vinculado a una logos intelectual-especulativo, sino a un logos histórico (ET II 15,16).
Afirmar que Jesús es la cumbre del profetismo, es ratificar su entrada en la historia humana, y que su mensaje al superar las tradiciones, ritualidades exteriores y legalidades vacías, da paso del acento religioso a la fe operante (Cfr.ET II 20).
Por esto su entrada en la historia como el único camino que conduce la Padre, está amarrada con una praxis de seguimiento encarnada no en misticismos desvinculados de la realidad, sino en la acción concreta que se enfrenta a las estructuras de un poder injusto. Y que al privilegiar la pobreza como el único lugar de la revelación y salvación, denuncia toda forma de riqueza que esclaviza al ser humano y lo aparta completamente de Dios (ET II 21-25).
En este sentido la misión de Jesús no puede ser vista solo como una prédica para el final de la historia, sino que contiene una dura crítica para el orden social y político existente, que basado en la acumulación de riqueza y poder, impulsa la construcción de un mundo pecaminoso de injusticia y pobreza (ET II 29-31). La dominación que ejerció el Imperio Romano sobre el pueblo judío en los tiempos de Jesús, condujo a la sumisión y connivencia de su estructura político-religiosa. Este escenario marcó el sentido que dirigió la vida de Jesús, y del que puede rescatarse una cristología plena (ET II 37). La humanidad de Jesús refuerza su dimensión histórica, en el sentido de haberse encarnado de manera total, y en este sentido asumir el carácter evolutivo de su conciencia humana en relación dialéctica con la realidad de su tiempo; lo que le significó crisis al enfrentarse de manera paulatina a lo que sería su misión. (ET II 42,43).
La riqueza y el poder constituyen un obstáculo grave para alcanzar la verdadera perfección, y en este sentido Jesús fue contundente; porque el tipo de liberación que en aquella época se buscaba era más de tipo material y política. En este sentido el mesianismo que impulsó se contrapuso en gran medida a lo que se esperaba de él; y que su naturaleza humana identificó como una gran tentación, porque pudo haber hecho uso del poder político, y en este sentido evitar la muerte por crucifixión (ET II 49,50).
La praxis impulsada por Jesús va más allá de los particularismos extremistas de orden religioso, político o étnico, para ubicarse en un horizonte universal y humanista. Sin que por ello se pierda la conexión indisoluble que desarrolla entre la historia de la salvación y la salvación en la historia; lo cual está anclado en la trascendencia de Jesús que vincula sus dos naturalezas, dando así origen a una nueva cristología (ET IV 52).
En consecuencia, lo que Jesús propone es la práctica de la “Verdad” dentro de un mundo que ya ha sido juzgado por su pecado, y solo en este sentido se puede alcanzar la libertad. No fue la opresión política romana, sino el socio-religioso, la que más le preocupó; porque para Jesús esta última forma de opresión es la que construye o destruye la verdadera imagen de Dios en la conciencia humana (ET II 63-66).
La historia de Jesús da cuenta del conflicto que tuvo con todo aquello que se oponía a la construcción del Reino de Dios, principalmente la casta sacerdotal que utilizaban el nombre Dios para oprimir , dando mayor preeminencia al cumplimiento de la ley , que a la misericordia y solidaridad hacia el ser humano. De este choque surgió la intriga que llevó a Jesús a la cruz, la cual fue urdida por quienes veían afectados sus intereses corporativos, dado que en la praxis histórico-política de Jesús nada que se relacionara con el ser humano le era ajeno (ET II 73).En esto es imprescindible no olvidar la humanidad del Jesús histórico , porque el temor que sintió fue real y en ninguna medida absorbido o minimizado por su divinidad; como puede ser apreciado en el relato bíblico del huerto y la crucifixión (ET IV 75).
Pero cuando lo anterior es olvidado, en aras de rescatar al Jesús triunfante de la pascua, entonces le damos la espalda al cristianismo autentico, el cual implica una praxis de seguimiento que puede exigir el máximo sacrificio (ET II 82).
El cual se debe dar dentro de la historia, no como una apuesta por un mesianismo político, sino como prueba que la construcción del Reino de Dios no es ajena a la historia. En este sentido la vida de la Iglesia debe integrar estas dos vertientes del Jesús histórico en su dinámica dentro del mundo, para dar fiel testimonio de lo que es un seguimiento honesto del Evangelio. Por ello, la resurrección de Jesús no debe desligarse de la recuperación del Jesús prepascual, y en tal sentido no desvirtuar la unicidad de lo trascendente y lo histórico; en otras palabras, el Reino predicado por el Jesús prepascual, es el mismo que describió el Jesús resucitado (ET II 91).
Porque no es posible una escatología al margen de la historia, la cual impulse una fe que ubique fuera del tiempo la acción humana, quitándole el protagonismo necesario para que el Reino se haga presente.
Dejar sólo a Dios la responsabilidad del destino de la humanidad, conduce a una pasividad y complicidad con las estructuras del pecado histórico (ET II 96,97). Por esto la actitud de Jesús ante el mundo no es de carácter espiritualista y privado, sino que rescata en su praxis evangélica lo público y operante, pero con una especial esperanza y promesa de estar haciendo la voluntad del Padre (ET II 105-116).
La historia cobra relevancia por ser el lugar donde Jesús puede entenderse, desde su humanidad y divinidad; como dimensión donde se puede construir el Reino de Dios, de esperanza escatológica, la cual se funda en la resurrección del Jesús histórico. Pero este Jesús solo puede recuperarse en el lugar donde se ha manifestado de manera privilegiada: en los pobres y oprimidos (ET II 125,126).

II. Opción preferencial por los pobres.
Discernir “el signo“de los tiempos
La existencia de pobres y oprimidos como pueblo crucificado, se convierte desde la visión ellacuriana, en el signo inequívoco con el cual Dios se nos manifiesta en la historia; interpelándonos para convertirnos e impulsar una Iglesia y humanidad nuevas (ET II 133). Claro está, que el develamiento de este signo tiene un carácter de contradicción y cuestionamiento al orden imperante; desde el cual se produce el rechazo y persecución hacia quienes se convierten en seguidores del mensaje de Jesús. De esta manera la opción por los pobres adquiere un carácter soteriológico histórico, como continuadora de la obra salvífica de Jesús. De lo anterior, podemos rescatar para unificar como parte de la metodología de la TL: la historicidad de la pasión de Jesús y el carácter salvífico de la crucifixión del pueblo (Cfr. ET II 139).
La aparente contradicción y escándalo de ver a los pobres como salvadores y liberadores, sólo puede ser entendida desde la firme convicción de que el Jesús de la Pascua es el mismo Jesús histórico; y por tanto siendo los pobres el lugar desde el cual Jesús ejerció su praxis profética, la historia de la salvación sólo puede ser vista y rescatada desde los pobres y oprimidos de nuestra sociedad contemporánea. (ET II 141).
En este sentido la continua crucifixión de los pobres y oprimidos en la historia, asegura la existencia de una estructura del pecado histórico, la cual sólo puede ser enfrentada y vencida desde la esperanza que otorga el triunfo definitivo logrado por Jesús, cuando sometió a la muerte en su resurrección. Cualquier postura que tergiverse la relación entre el Jesús histórico y el Jesús resucitado, no es cristiana (ET II 145); porque la praxis de Jesús estuvo orientada a enfrentar al reino del pecado como responsable último dentro de la historia, del sufrimiento humano.
En tal medida, la lucha que emprendió puede ser tomada como modelo para impulsar la justicia y liberación dentro de la historia; sin olvidar, que a Jesús no lo podemos agotar dentro de una praxis social y política, porque él rebasa el tiempo humano, pero también lo rescata. Lo anterior se opone a todo tipo de pasividad humana, en razón de la gracia que Dios otorga a quienes luchan contra el pecado del mundo, como un esfuerzo por construir el Reino de Dios en la historia (ET II 149). Esto se une a la praxis liberadora ya iniciada por el Jesús prepascual, y se aleja de cualquier enfoque místico o sacramental que robe lo histórico de Jesús; porque en ningún momento la valentía y el coraje de la humanidad de Jesús, se vio minimizada incluso ante la certeza de ser crucificado. Por lo anterior, la praxis histórica realizada por los seguidores de Jesús no podrá nunca ser objetivada de manera absoluta en el logro del poder político, pero que tampoco puede descartar cualquier forma de concreción histórica desde la cual se puede impulsar la justicia y la libertad de los pueblos empobrecidos (ET II 168).
Así como Jesús resucitado se instala con gloria en la historia, el pueblo crucificado y también resucitado, es capaz de salvar el mundo en la intrahistoria; en este punto, la Iglesia de los pobres que pasa a ser la Iglesia del pueblo crucificado, se convierte en sacramento de salvación (ET II 170). Como es dable entender el concepto de “pobres”, pasa a ser esencial para entender el pensamiento de Ellacuría, pues para él es una realidad histórica vinculada a lo ético-político y ético-personal (Cfr. ET II 176); en tal sentido, sólo puede ser superada dentro de la historia. Pero el concepto teologal de “pobres”, es pieza clave en este contexto de análisis, porque Jesús cuando se encarnó en la historia lo hizo como pobre. Lo cual rebasa la razón, pero que encuentra en la fe el sentido que la pobreza de Jesús tuvo en su muerte y resurrección victoriosa; por lo tanto los pobres serán enaltecidos como una promesa de Dios que se tiene que hacer efectiva en el despliegue tenso de la historia de la salvación.
También los pobres son el lugar de la conversión para quienes buscan en la riqueza y el poder como horizonte de su existencia (ET II 186); de tal manera que a una civilización de la riqueza habrá que oponer una civilización de la pobreza, como único camino para alcanzar la verdadera felicidad y paz en el mundo. Esto no es algo que podrá lograrse de manera natural, sino habrá que ejercer una operatividad personal y cambio estructural; en este sentido la configuración de una cosmovisión que permita a un modelo teológico ser consecuente con la pobreza, y que permita el rescate de una opción política, que sin ser absolutizada, facilite la construcción de una sociedad más justa. (ET II 187). En consecuencia una Iglesia de los pobres, no sólo debe responder al talante benefactor de una Iglesia construida sobre la riqueza y el poder; debe ser también una Iglesia pobre, que ineludiblemente la conduce a la persecución de parte de quienes ostentando el poder, se ven amenazados por una clara opción evangélica que busca la justicia desafiando las estructuras del pecado (ET II 189, 190).

III. Recuperación del reino de Dios.
Para Ignacio Ellacuría uno de los aportes fundamentales de la TL, deberá buscarse en la superación del positivismo e individualismo como lastres que han impedido el desarrollo de un pensamiento de carácter liberador. Claro está que la liberación tiene un carácter comunitario, y en este sentido se debe cancelar el individualismo pero no eliminar al individuo, porque es a partir de este, que se sostiene la materialidad de la historia (ET II 193-195).
Pero más importante es la denuncia que desde la TL se realiza contra el positivismo eclesiástico, que ha conferido a un tipo de fe cristiana un carácter incuestionable y absoluto; en el sentido de recuperar el lugar que por mandato divino corresponde a los pobres, y que en gran medida -por acción u omisión-, el poder eclesiástico establecido ha colaborado a que no se haya realizado en la historia. No se puede cancelar los aportes del individualismo y del positivismo, porque el reconocimiento de la realidad como dato histórico y concreto, permite al ser humano individual alcanzar la trascendencia de manera dialéctica (ET II 197). El mal positivismo, es aquel que absolutiza la historia, deshumanizando al ser humano, para convertirlo en un subproducto del progreso, dependiendo del lugar que ocupe en la estructura material del mundo.
Uno de los argumentos que desde la TL se puede recuperar para superar el individualismo y el positivismo, es que la salvación y revelación de Dios dentro de la historia, permiten configurarla como la morada de los pueblos y de los hombres. En este sentido la historia no sólo será lugar de lo profano sino también de lo divino, lo cual rescata la trascendencia, y con ella el sentido del pecado y la gracia. Por lo anterior, es posible apreciar que desde este contexto no se absolutiza la historia, porque al hacerlo la convertiríamos en una entidad idolátrica.
Jesús al ponerse en conexión con la historia , permite que el Reino de Dios sea anunciado de forma definitiva por Jesús; sin embargo la dualidad existente en un mundo que parece dividirse en un reino terrestre -donde se absolutiza la historia-, y un Reino de Dios que se lee desde la trascendencia espiritual y lo sobrenatural. Esta división se constituye en un obstáculo serio, que en esencia es el reino del pecado; porque una Iglesia que responde a esta estructura haciendo eco de estas tergiversaciones, se opone al Reino de Dios (ET II 202).
Cuando Jesús entra en la historia, ésta recupera su divinidad como el lugar de encuentro entre Dios y el hombre; de tal manera que Jesús se convierte de manera plena en el único camino a la plenitud del Padre (ET II 205).
En consecuencia, Jesús pide una praxis histórica de seguimiento, y con ello ésta recupera su carácter trascendente, y permite la construcción del Reino de Dios rescatando al pueblo de Dios. Pero este Reino de Dios deberá tener una opción preferencial por los pobres, encarnarse en la historia de las luchas del pueblo por la justicia y la liberación como levadura cristiana por la justicia; y enfrentar la persecución por las causas del Reino (Cfr. ET II 209).
El concepto de pobreza que se rescata a partir de la recuperación del Reino de Dios no está desligado de la realidad humana y biológica, con sus necesidades básicas constitutivas, las que en última instancia constituye la base material de las dimensiones históricas, políticas y trascendentes del ser humano. La recuperación de estos derechos fundamentales de acuerdo a Ellacuría, traduce una lucha política la cual él llama “Guerra Santa”, como expresión genuina de la recuperar la autonomía de lo histórico y lo político (ET II 218).
Sin embargo, la TL no impulsa la conquista del poder político, sino el desarrollo de una nueva espiritualidad desde una praxis que integre la realidad de pobreza, opresión, y la lucha por superarla desde la fe en un cristianismo auténtico. Pero deja abierta la crítica a los modelos económicos históricamente distinguibles como el capitalismo y el socialismo real; criticando con mayor dureza al primero por haber estado ligado al mal y dominación. Lo anterior rescata la importancia del profetismo el cual debe buscar la realización histórica del Reino de Dios, no intentando imitar modelos económicos y políticos del primer mundo, sino impulsando el rescate del Evangelio y su opción preferencial por los pobres (ET II 238-243).
En este sentido parece positivo atreverse a rescatar del marxismo una concepción derivada del materialismo histórico y no de un materialismo económico, lo cual no debería causar escándalo, pues como metodología científica responde con más honestidad a la comprensión y solución de los problemas de pobreza y opresión derivados de estructuras económicas injustas (ET II 254). En este sentido también hay que denunciar el liberalismo como proyecto de opresión, del cual busca perpetuar la esclavitud social perpetuando el dominio de las élites en desmedro de las mayorías populares; esto incide de manera grave, en una ideologización religiosa, económica, y política (ET II 267). Por ello, desde un profetismo utópico se debe impulsar una civilización de la pobreza en contraposición a la civilización de la riqueza, con el objetivo de construir un nuevo orden social y político.
Además es preciso destacar la urgente necesidad de un nuevo orden cultural, con el fin de oponerse a los modelos culturales occidentales que a través del engaño, impulsa modelos consumistas que inducen aún más la pobreza, y desarticulan la posibilidad de crear praxis liberadora es a través del fomento de actitudes contemplativas y evasivas (ET II 287). Debiendo impulsar una cultura de carácter liberador, donde se inserte al Jesús histórico en conexión indisoluble y dialéctica con el Jesús resucitado. En este sentido hay que rebasar el exclusivismo de lo sacramental, y es similar los signos de los tiempos que están dentro de la historia de manera clara y concreta en los pobres (ET II 290).
El profetismo y utopía se dirige también de manera específica al rescate de la Iglesia, la cual de acuerdo a Ellacuría, se encuentra modernizada e inadecuadamente institucionalizada; de no ser así, difícilmente podrá ser rescatado el carácter histórico de la salvación dentro de una iglesia que no responda a las necesidades más importantes de la sociedad en la cual está insertada. En otras palabras, se habla de una conversión de la Iglesia al reino de Dios, la cual deberá buscar fuera de sus intereses institucionales el sentido último de su misión; y es que precisamente se encuentra en los pobres y desposeídos de la sociedad a la que pertenece (ET II 311).

IV. Iglesia y pueblo de Dios
Ellacuría al intentar definir el concepto de pueblo de Dios, reconoce la dificultad, pero rescatando la revelación bíblica, explica que…existe pueblo de Dios porque hay de un Dios del pueblo y no, por ejemplo, un Dios puramente del cosmos… (Cfr. ET II 319). De aquí una Iglesia que esté más pendiente de sus estructuras, que de la injusticia y opresión vinculadas a realidades históricas de las cuales también forma parte, perderá el sentido de la misión encomendada por Jesús. Porque al haber sido escogidos los pobres como el lugar preferencial donde se manifiesta en la divinidad, han quedado constituidos en el centro de la Iglesia como pueblo de Dios (ET II 328).
Esto plantea un modelo de praxis dentro de la cual la misma Iglesia debe de tomar parte, principalmente porque el que los pobres tomen conciencia de su situación debe ser motivo de una nueva evangelización, que les permita poder recuperar su dignidad, y su papel en la historia. Inevitablemente lo anterior conduce al enfrentamiento con las estructuras de pecado, generando persecución y represión; lo cual pasa a ser signo inequívoco de la presencia del verdadero mensaje y praxis de Jesús (ET II 330-340).
Por tanto, el verdadero pueblo de Dios, se encarna en las luchas por la liberación de los mecanismos de opresión, los cuales se encuentran de manera concreta en las estructuras políticas, económicas, sociales y religiosas; en consecuencia, la manera con la cual se deberá abordar tales deficiencias, contará con la participación de una estructura eclesial que guíe la dinámica de los grupos mayoritarios, rescatando los valores evangélicos, pero también sabiendo humanizar este ímpetu liberador (ET II 350-370).
No extraña que el marxismo haya sabido capitalizar la esperanza de los pobres y oprimidos por superar sus condiciones de injusticia, pero también es preciso señalar que desde el marxismo la fe de los pobres está fundamentada en una lucha de clases como dinámica de la marcha en la historia.
Por eso es preciso insertarse en el pueblo para rescatar este esfuerzo liberador, el cual no sólo es de carácter histórico sino también escatológico; de aquí parte el peligro de ideologizar de manera negativa el sentido legítimo del mensaje de Jesús, o simplemente de rechazar el reto de constituir una verdadera Iglesia a partir de los pobres (ET II 381-390). En las bienaventuranzas del Evangelio se ha manifestado de manera clara la opción de Jesús por los pobres, y en este sentido cualquier oposición a este mandato será clara muestra del antirreino (ET II 417).
Para Jesús los pobres no sólo deben ser objetos de caridad y beneficencia, sino el camino elegido por él para alcanzar la salvación; por ello, hay que volverse pobres para poder adquirir el sentido verdadero del reino de Dios, no sólo como una esperanza al final de la historia, sino como una construcción obligatoria dentro de la misma (ET II 437-439).
Para Ellacuría la Iglesia de los pobres en América Latina pasa constituir sacramento de salvación, y que desde la TL debe ser entendida como un aporte que surge de la reflexión desde la fe sobre la realidad como acción histórica del pueblo de Dios (Cfr.ET II 453). En este sentido la Iglesia debe entenderse no como un fin en sí misma, porque entonces estaría supeditada a los dinamismo de la historia intramundana, en desmedro del plan de Dios; deberá insertarse dentro de la historia de la salvación pero recuperando los pobres como el centro de su actividad. De aquí parte la iniciativa por recuperar la Iglesia de los pobres en el pueblo de Dios, a partir de las comunidades eclesiales de base, las cuales se convierten en mecanismos para dinamizar la Iglesia desde sus fundamentos (ET II 476). Y este sentido tratar de distanciarse de la verticalidad impuesta antes de un modelo eclesial que privilegia el poder, para instaurar una horizontalidad que promueva la fraternidad y promoción de todo el pueblo de Dios.

Balance Valorativo

Considero un mérito del autor el rescate del Jesús histórico, con el objetivo de hacer una propuesta de carácter liberador, y de recuperación del Reino de Dios a partir de los pobres y oprimidos de la historia. En especial para los sectores más empobrecidos, que de manera concreta pueden ser identificados en los países del tercer mundo.
Es evidente que el autor se inserta en la corriente de la TL, desde la que obtiene un horizonte de comprensión a partir de la incorporación de la realidad de injusticia y explotación como elementos fundamentales para una reflexión teológica históricamente sustentada. En este esfuerzo por comprender la estructura histórica que da lugar a la realidad antes mencionada, Ellacuría historiza el tipo de logos al cual ha recurrido el modelo de teología desde la cual sea pretendido ver la figura de Jesús. Y que para el autor ha sido en gran medida responsable de la distorsión que se ha incorporado al tipo de cristología que atiende más al Jesús resucitado y triunfante, en desmedro y olvido del Jesús histórico.
Además, lo anterior ha determinado que este tipo de apropiación del Evangelio, haya incidido de manera concreta en el desarrollo de un modelo eclesial que rescatan la riqueza y el poder, como elementos fundamentales y en equilibrio con el poder político, económico, y social vigentes; en consecuencia, una cosmovisión que privilegia y absolutiza la historia desde una autonomía que rechaza a Dios, o lo convierte en una entidad abstracta y al margen de la realidad humana.
En este contexto, los pobres y desheredados del mundo, no son rescatados por este modelo eclesial, excepto, objetos de beneficencia y caridad; y en ningún momento ven en ellos a Jesús de la historia crucificada y en busca de liberación. Ante esto, Ellacuría parte de la recuperación del Reino de Dios a partir de una Iglesia de los pobres, porque son ellos el lugar por excelencia donde se manifiesta la divinidad, y como el único camino para llegar al Padre. En mi opinión Ignacio Ellacuría inaugura un modelo de reflexión que vincula de manera concreta y original, la relación entre teología y filosofía, lo cual implica enormes riesgos en el sentido de pone a dialogar categorías que en cierta medida han estado restringidas a sus respectivos dominios de saberes omnicomprensivos, pero que en este contexto parecen recuperar su unicidad, frente a la angustia por encontrar una respuesta coherente frente a la pobreza y opresión.
Algunas de las limitaciones del autor, están vinculadas al excesivo énfasis que hace en su opción preferencial por los pobres, lo cual hace sospechar que esta marcada exclusividad, pareciera al final convertirse en una parcialidad que margina también a un amplio sector de la sociedad. A pesar que aclara y justifica esta predilección por los pobres, esto no parece convencer por completo a quienes en cierta medida están vinculados de manera directa o indirecta con estos sectores sociales. Por otra parte, el querer construir una Iglesia de los pobres, si bien es cierto guarda una coherencia con su pensamiento, pareciera caer en un nivel de radicalidad que pudiera hacer inviable en una historia próxima tal utopía.
En este sentido, la búsqueda de la salvación en la historia como recuperación de la dignidad humana y de su base material y biológica, conduce a partir de una praxis liberadora a la posibilidad de incorporar medidas destinadas a favorecer y acelerar tal proceso.
Lo anterior rescata opciones políticas, y que no descarta que puedan llegar a la lucha armada, en el contexto de lo que él llama “Guerra Santa” (ET II 218). Esto pareciera alimentar desconfianzas al interior de un modelo eclesial y social no acostumbrado a tal lenguaje, aunque nuestro autor explica con claridad que el Reino de Dios no busca el poder político, pero si respeta las iniciativas de los grupos sociales, a los cuales prometen acompañar y dirigir de acuerdo a una praxis evangélica de carácter liberador.
El libro Escritos Teológicos de Ignacio Ellacuria abrió perspectivas en la comprensión y fundamentación del quehacer teológico latinoamericano, con el rescate del Jesús histórico y la recuperación del Reino de Dios a partir la opción por los pobres. Pero principalmente permitió repensar la realidad salvadoreña de pobreza y opresión de la década de los años setenta y ochenta, desde un modelo teológico innovador, facilitando en este sentido el desarrollo de alternativas conducentes a una mayor concientización de la sociedad entera.

Conclusión.
Los Escritos Teológicos de Ignacio Ellacuría contiene claves fundamentales para poder enfrentarnos a la realidad concreta de la injusticia humana, y lo hace rescatando al sujeto de la historia: el pobre y oprimido.
No como una concepción abstracta y teologizada, sino desde su radical pertenencia a una dimensión donde está contenida la praxis de opresión. La cual responde a una estructura de pecado, y de ahí su talante anticristiano; además porque dentro de esta también se encuentra el sentido último que rescata al Jesús histórico, como ejemplo supremo de lo que el ser humano, debería ser en orden de construir una praxis liberadora.
Ellacuría propone una actividad humana integrada a la realidad de la historia, rescatando el fundamento evangélico que reside en ver la dimensión de la pobreza, injusticia y opresión, como el lugar por excelencia donde se encuentra anclado el Jesús histórico. Ver al pobre y oprimido como otro Cristo, que cuestiona desde su humanidad historizada las estructuras del pecado; desde las cuales hay que partir para transformarlas como realidad intramundana, pero sin perder el horizonte ya trazado en la buena nueva, que si bien busca de manera clara el rescate de los pobres y oprimidos, tampoco olvida de manera radical a los victimarios.
Ciertamente el análisis de Ellacuria, se inserta en la línea de la Teología de la liberación, como propuesta teológica contextualizada desde los países del tercer mundo. Desde esta perspectiva hay un fuerte cuestionamiento a la praxis de la Iglesia oficial, la cual tiene un peso histórico en el rescate e implementación del mensaje liberador; porque en este sentido la Iglesia se debe replantear – desde la perspectiva Ellacuriana – , como el lugar de los pobres, quienes desde una praxis liberadora pueden construir el reino de Dios en la historia (ET II 230).
Todo este esfuerzo de interpretación posee la virtud de plantear un desafío al statu quo, al cual no se enfrenta desde una fe intimista y deshistorizada, sino que plantea el rescate una postura contestaría; pero fundamentada en el papel combativo que tuvo Jesús de Nazaret frente a las estructuras del pecado. Es aquí donde radica el aporte de este pensamiento, pues no se inclina de manera unívoca por la violencia revolucionaria, a la cual confronta, pero rescatando sus aportes (ET II 231). Porque también en estos modelos ideológicos contestatarios, se encuentra la veta de los pobres como un lugar privilegiado, la cual pareciera corresponder a la utopía planteada por la TL dentro de una praxis teológica y política.

Bibliografía

Ellacuria I., Escritos Teológicos. Tomo II, 1era. Edic. , UCA Editores, San Salvador, El Salvador, 2000.

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