Ignacio Ellacuria en El Salvador : Reflexión filosófica desde la pobreza y opresión.


La pobreza como realidad teológica, ha impactado América latina desde la época colonial; y aunque no es algo nuevo, la perspectiva con la cual se ha abordado, ha sufrido la impronta de las cosmovisiones, que así como la han determinado, también la han cuestionado. La Iglesia pareciera haber jugado un doble rol en ese ámbito, así su papel político, como su ministerio espiritual, han buscado un difícil equilibrio en una estructura social marcada por el imaginario de la blancura y pureza de sangre, como símbolo del poder.
En consecuencia, el proyecto de la colonización, independencia, y formación de los estados nacionales, nos enfrentan a una realidad social caracterizada por la pauperización de amplios sectores de población mayoritariamente mestiza e indígena.1
En el siglo XX, el repunte demográfico, así como la radicalización de las estructuras de explotación, han puesto en evidencia – aún más que en la época colonial -, las consecuencias de la injusticia y opresión, expresadas en la realidad concreta de los “pobres”. Y que desde la fe cristiana, podemos rescatarlos dentro de una teología de la liberación, con el fin de replantear las causas estructurales vinculadas no solo al quehacer eclesiástico, sino también a lo político, económico y social; para constituir finalmente un modelo estructural histórico, dentro de una dinámica que responde a la legitimación del poder hegemónico.2

I. El sujeto de la historia: “el pobre” como siervo sufriente.

Ignacio Ellacuria logró insertarse en una interpretación filosófica liberadora para un saber teológico también liberador,3 y lo hizo a partir de la incorporación del ser humano como sujeto de la historia. Hablamos de una realidad constituida por un ámbito material, biológico, personal, social. Porque “… un estudio de la persona y de la vida humana, al margen de la historia, es un estudio abstracto e irreal”4 . De aquí, al hablar del “pobre” en América latina debemos contextualizar y unificar las variables que ancladas en su individualidad, lo deben convertir en objeto y sujeto de un modelo eclesial. Cuyo fin último debería ser, restituirle las carencias fundamentales que limitan su libertad y potenciales biológicos, para construir su propia liberación.5
La pertinencia de rescatar al ser humano como realidad fundante del quehacer teológico, lleva al enfrentamiento con un modelo ideológico dentro del cual existe una jerarquía que responde a una estructura histórica injusta. América latina es una realidad histórica, que reproduce en la pobreza el signo de los pueblos marginados; y cuyas raíces últimas están vinculadas en unidad intrínseca con la materia como soporte de la vida, y desde la cual se expresa un psiquismo humano, que en modo alguno es negación de Dios. 6
El pensamiento de Ignacio Ellacuria, se inserta en esta dimensión contestataria, desde un paradigma que no sólo ha apelado a los documentos eclesiales del Concilio Vaticano II, Puebla, y Medellín; sino que principalmente rescata desde un esfuerzo original, la tradición profética del Antiguo Testamento, y descubre el fenómeno de la opresión y la injusticia, en la figura concreta de los “pobres”.
Por tanto, recuperar la dimensión de la corporeidad, es fundamental en el proceso de liberación, en tanto que el ser humano al pertenecer a una determinada estructura social, está obligado a modificarla en función de su perpetuación como especie. Y para ello requiere “… una apertura sentiente, sostenida y condicionada por los propios límites orgánicos, que nunca puede abandonar”.7 Por tanto, el devenir de la historia no es algo ya realizado, o predeterminado, como lo han querido imponer las ideologías hegemónicas; tales afirmaciones sólo han logrado esterilizar las iniciativas innovadoras de amplios sectores humanos enclaustrados en estructuras injustas.8
Hasta la misma pobreza puede ser justificada, como una virtud bíblica, insertándola dentro de un imaginario especialmente diseñado por una intelectualidad irresponsable, la cual integra los ejes fundamentales de la cosmovisión vigente. Incluso la misma religión es rescatada en este contexto, por ser considerada un instrumento de alto poder estratégico en la conciencia colectiva. Lo anterior rescata una reflexión de Ignacio Ellacuria donde expresa que “La estructura dinámica del todo de lo real hace que el dinamismo cobre un peculiar carácter trascendental”.9 Entendiéndose de manera clara, como los modelos ideológicos se imponen con carácter de verdad, imprimiendo a las sociedades un dinamismo histórico que de manera inmediata determina su éxito o fracaso. Una teología que no responde a las necesidades de una sociedad empobrecida, no sólo es sospechosa sino culpable, junto a la estructura de poder en la cual está sustentada.
Las distintas interpretaciones de la pobreza, no pueden ser rescatadas dentro de un saber abstracto que sólo responden a ideologías desencarnadas; es preciso rescatar e implementar los logros teóricos contenidos en los distintos documentos que la Iglesia ha publicado, pero que sólo serán letra muerta si no se descubren las variables cosmovisionales que convierten el fenómeno de la pobreza, en un objetivo que hasta ahora es fácilmente alcanzado por la hegemonía nacional y mundial. 10

II. Pobreza y estructura.

El ser humano está sometido a las leyes de la naturaleza, por tanto su conocimiento genera un poder a través del cual se pueden construir estructuras que controlan la existencia humana.11 Así, su olvido sistemático generará condiciones de pobreza, las cuales al ser implementadas en grandes grupos de población, se convertirán en estructuras históricas específicas.
Los “pobres” en América Latina han pasado a ser el resultado concreto de la injusticia y opresión; así como los modelos eclesiales que han participado en este contexto, para articular y fortalecer a las mismas estructuras que violan la dignidad humana.
Sin embargo, es posible desarrollar un proyecto liberador a partir del rescate de una teología que intérprete la injusticia, no sólo como una causa específica de la pobreza; sino principalmente en señalar los componentes de la estructura social que participan de manera directa o indirecta a su generación. Para ello, deberá enfrentar visiones ideológicas y políticas vinculadas también a teologías, que de manera deliberada oculten o deformen las causas objetivas de la injusticia. Además, es necesario encarnar la libertad humana como fuerza vital en las sociedades oprimidas, y así poder elegir desde una autovaloración equilibrada, las rutas y proyectos más adecuados a la idiosincrasia de los pueblos latinoamericanos.

III. La Iglesia como factor de cambio o retroceso.
La Iglesia latinoamericana como institución desde la época colonial, se convirtió en un instrumento de los grupos de poder. Su modelo eclesial adoleció, al parecer, descrédito por estar supeditada con Patronato Real al imperio español; el verdadero impacto de la anterior aseveración, puede ser interpretado desde dos vertientes: la primera, funcionó legitimando un modelo de opresión e injusticia; y la segunda, impulsó un discurso contestatario dentro del cual un importante sector del clero aunque minoritario, hizo sentir su voz de denuncia hacia este tipo de estructura social, económica, política y religiosa.
Una dinámica que tuvo la base un juego de intereses no sólo ideológicos, sino principalmente de tipo económico; lo cual es congruente con los motivos reales que originaron la conquista, y la colonia; así como los procesos independentistas, los cuales involucraron un importante sector del clero criollo o peninsular. Evidenciando la concreta participación de la Iglesia en los juegos del poder, y que afectaron en cierta forma su imparcialidad frente a la injusticia, la opresión y la pobreza.
La causas que fraccionaron a la sociedad latinoamericana durante el siglo XIX, y que son rastreables también el siglo XX, aunque con otros matices, permiten ver la continuidad de las estructuras de opresión, que en cierta forma han perpetuado sus redes clientelares en una sociedad que teóricamente ha avalado procesos democráticos; pero que en la práctica han profundizado sus contradicciones.
Los modelos eclesiales antes del Concilio Vaticano II, al haber colapsado, junto a otras estructuras políticas y económicas de este período, dieron paso – merced al repunte de la pobreza y la violencia en el tercer mundo y en América latina principalmente – , a un replanteamiento de las estrategias eclesiales y pastorales, ante una creciente desconfianza hacia un tipo de cristiandad desligada de la realidad concreta. Es durante la segunda mitad del siglo XX, y en este contexto, que la teología de la liberación hizo acopio de una interpretación que se vuelca al fenómeno de la pobreza como expresión del pecado estructural, y cuyas raíces deben ser expuestas dentro de un esfuerzo interdisciplinario. Ignacio Ellacuria se inserta en esta corriente contestataria, desde una reflexión filosófica liberadora, la cual incide dentro del pensamiento teológico, para interpelarlo, y someterlo a un escrutinio; y también a un fortalecimiento que en última instancia conduce a un proyecto de liberación humana. En ningún momento, se deberá aceptar un tipo de teología que escinde la realidad humana, volviendo la espalda a las rudezas de la vida material para centrarse en un ascetismo espiritualista y anticristiano. Porque el desenvolvimiento de la histórica de los pueblos latinoamericanos, no puede resolverse dentro del reino del azar sino, como un plan penetrado dentro del cual, se encuentran seres humanos libres, y conscientes de sus necesidades objetivas.12
Ellacuria rescata de manera paradigmática la estructura teológica del pecado, con el objetivo de hacer el enlace entre una reflexión filosófica vigorosa y un pensamiento teológico de carácter revolucionario. No se limita a rescatar el concepto de pecado original o el pecado personal, sino que introduce “… el pecado de los tiempos, el pecado histórico.”13 Apuntando en esta reflexión, hacia un replanteamiento de los modelos eclesiales y pastorales, vinculados a la interpretación incompleta de la pobreza; desde esta perspectiva, la teología es enriquecida, al agregarle una dimensión que no había sido rescatada de una manera tan clara.
El pecado estructural, que tiene su asiento en la realidad histórica de los pueblos latinoamericanos, tiene un poder incuestionable; y sus frutos amargos se encuentran materializados en el fenómeno de la pobreza no solo material sino moral. La descomposición de la sociedad latinoamericana contemporánea, es muestra fehaciente de lo antes expuesto. Así, “… el poder del pecado como factor teológico de la historia… [y de la] maldad histórica” 14 , que al adquirir dimensiones sociales y trasmitirse de manera generacional, se convierte en un pecado estructural.
Aquí, Ellacuria nos inserta en un cambio de paradigmas respecto al verdadero origen del mal, porque no solo enfrentó un saber teológico que no acepta esta realidad pecaminosa, sino que además de manera sistemática tergiversa este hallazgo liberador, reforzando así, una estructura de opresión.
La concepción del “pobre”, se debe integrar en una doble dimensión: material y trascendental. Lo cual implica que si bien hay pobres satisfechos, porque biológicamente posean más que el mínimum vital, y que probablemente participan de las estructuras del poder opresor. También es cierto que deben ser objetos de un modelo de evangelizador capaz de transformarlos, porque no son solamente los sectores más empobrecidos y oprimidos el sentido absoluto de la teología liberadora, sino que habrá que incluir a todo el conglomerado social, para poder transformar la estructura histórica de opresión y muerte, por otra que genera justicia y libertad.15
Las conclusiones anteriores establecen líneas de acción para una teología liberadora, la cual debe insertarse en una praxis eclesial de carácter histórico, como única vía para superar un modelo de espiritualidad que rechaza la materialidad de la realidad humana, o de una materialidad que olvida la dimensión trascendental.16

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Notas.

1.Ver: David Tombs, Latin American Liberation Theology ,Boston: Brill, 2002,p. 38.
2. Ver: Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Tomo III, Ediciones Era, S.A., 1984, p. 66

3. Ver: Ignacio Ellacuria, Filosofía de la realidad histórica ,Primera edición UCA editores,1990,p.10.Ver también : Daniel M. Bell, Liberation Theology after the End of History: The Refusal to Cease Suffering ,London: Routledge, 2001,p.54. David Hollenbach, The Global Face of Public Faith: Politics, Human Rights, and Christian Ethics (Washington, DC: Georgetown University Press, 2003,p. 66.
4. Ver: Ignacio Ellacuria, Filosofía de la realidad histórica, p.43. 44.
5. Ibíd., pp.412, 420. Los factores que construyen la salud humana involucran variables vinculadas no solo al tipo de alimentación, educación, vivienda, higiene, etc., sino – de manera menos perceptible y no por eso menos importante – , a la psico-biología heredada. La cual está marcada por el cúmulo de falencias emanadas de la poca integración de los diferentes estratos del conglomerado social. Aquí subyacen los imaginarios del poder como resultante de todos aquellos factores históricos derivados de los periodos de la conquista, colonia, así como del mestizaje, entre otros.
6. Ibíd., 68.
7. Ibíd., p 72
8. “Podrá ser exagerado sustituir el concepto de clase por el concepto de raza o de etnia para explicar determinados procesos históricos; pero pensar en mantener una explicación integral de la historia al margen de todo concepto biológico no sólo sería un sin-sentido, sino una sin-realidad”. Ver: Ibíd.p.569.
9. Ibíd., pp.587, 588.
10. “… la ideología oficial, tras distintas máscaras, lo que hace es responder a los intereses oficiales de esa sociedad, esto es, a los intereses de quienes dominan en esa sociedad. Ver: Ibíd. 304.
11. Ibíd., p .11.
12.Ibíd., p.133.
13.Ibíd.,p.597
14. Ídem.
15.Aunque para Ignacio Ellacuria la justicia es prioridad para las víctimas, también admite que para el opresor al menos existe el derecho de ser liberado de su opresión. Ver : Ethna Regan, Theology and the Boundary Discourse of Human Rights (Washington, DC: Georgetown University Press, 2010, p.161.
16 Ver: Ignacio Ellacuria, Filosofía de la realidad histórica, p.596.

BIBLIOGRAFIA.

Bell Daniel M., Liberation Theology after the End of History: The Refusal to Cease Suffering ,London: Routledge, 2001.

Ellacuria Ignacio, Filosofía de la realidad histórica, Primera edición UCA editores, 1990.

Gramsci Antonio, Cuadernos de la cárcel, Tomo III, Ediciones Era, S.A., 1984.

Hollenbach David, The Global Face of Public Faith: Politics, Human Rights, and Christian Ethics ,Washington, DC: Georgetown University Press, 2003.

Regan Ethna, Theology and the Boundary Discourse of Human Rights ,Washington, DC: Georgetown University Press, 2010.

Tombs David, Latin American Liberation Theology ,Boston: Brill, 2002.

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